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miércoles, 20 de agosto de 2014

La niña de la feria... (Historia de dolor y tristeza)


A estas alturas de la película no creo que por hacer un poco de “spoiler” alguien se ofenda. El guión, adaptado, bebe de las fuentes de la vida misma. Esa vida perra y mal afortunada que viven los comunes de los mortales; o sea, tú, yo, él, nosotros, vosotros y ellos. Algo así, pero con la fiereza ruda y mezquina de que en sabiendo que esto solo son palabras en un papel virtual, existe fuera, a escasos centímetros del umbral de tu puerta una realidad tan fría como cruel. Ni que decir tiene, que esta historia tiene un final terriblemente infeliz.

Todo comienza así… “a la niña de la feria, unos hombres desalmados, la capturan, la humillan y la violentan. Así, sin entrar en escabrosos detalles que a nadie le van a solucionar nada por saber más o menos de ellos. Así, sin más. Humillación y violencia, gratuita, impía y manchada.

A la mañana, siempre fría y desolada, solitaria vagando por los entresijos de su humillación y demás callejuelas, recorriendo lágrimas de sangre, saliva y sudor sus mejillas, lágrimas de dolor, y desesperación de quién se siente sucio y solo, la encuentran. Y en ese arropar, que sabe a nana y leche con galletas, la bañan y la limpian, y la consuelan, y la acunan en un crisol de armoniosos y delicados movimientos, que apenas reproducen algún sonido, para que ni el crepitar de la madera más noble de los árboles centenarios, pueda romper el equilibrio, y en un rugir de vientos e ira, los recuerdos se le agolpen en el pecho, y en la memoria, más allá de lo necesariamente recomendable para hallar a sus malhechores.

Y, por arte de justicias y buenos haceres, de trabajo bien elaborado y coordinado se aprestan a los malvados, los cuales, supuestamente, se confiensan…

Hasta aquí, una historia digna. Triste, real pero con un final digno”.

Lo malo, viene cuando la realidad, que no es más que vida en estado puro, se manifiesta con la crudeza de su insigne navegar. Y como ese jarro de agua fría, nos devuelve de la ensoñación. Y, ese descerrajar de cañón de recortada sobre la rodilla, sabe a sangre, indolencia y frustración. Cuando a las horas, salen a la calle, y son vitoreados….

Ya dije antes que iba hacer un spoiler sobre la historia, pero es que a veces me puede la rabia. Me vence, el espíritu, estas cosas de sin sabor y gusta amargo, que huele a orín de gato, a miseria y maldad. Y es cuando, como una patada en el estómago, se me escapan todas las mariposas, y  sólo me quedan tigres hambrientos y perros rabiosos que quieren salir por la boca como espumarajos de decepción, miedo y rabia. Sí, de rabia.

Y esta es mi pregunta… una pregunta que suelto al aire, que vomito y que hago brotar de la bilis de mis entrañas. ¿Dónde está ese género humano que emociona? ¿Dónde ese corazón que gana batallas, pierde guerras, sube montañas y baja hasta el averno por amor, por sacrificio? ¿Dónde está la dignidad?

A esta pregunta, solo me surge una respuesta… que en siendo respuesta no lo es.

En cada batir de palmas, en cada vitoreo, en cada palabra de gracejo de esas impías gentes… la dignidad del hombre muere.

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